Hola,

soy Egoitz

Mi nombre es vasco. 

Y como buen nombre vasco, tiene su significado.

Como los nombres indios.

«Nube Roja», «Caballo Loco», «Toro Sentado». 

Pero no tengo un arco, no asalto diligencias ni corto cabelleras. Aunque a veces me gustaría, como a todos.

Soy vasco, ¿recuerdas? 

En euskera Egoitz significa…

«Hogar»

Y ahora eso me viene de perlas. 

Quiero invitarte a Mi Hogar.

El hogar del thriller

Dicen mis padres que me recuerdan con cinco o seis años tumbado en el salón, ojeando decenas de cómics. 

Enganchado a las páginas. Riendo. Disfrutando. 

Luego llegó la colección «El barco de vapor» (lo sé, tengo una edad, yo fui a E.G.B.)

Devoraba libros. Siempre lo he hecho. Me atrapaban las historias.

Recuerdo cuándo empecé a escribir mis propias historias.

Verano del 87, diez años. 

Vacaciones significaba ir al pueblo, con los abuelos.

Astudillo, un pequeño pueblo palentino. Un pueblo de los de antes.

Veranos de un calor infernal. Hasta las chicharras buscaban la sombra. 

Ponte en situación.

Tres de la tarde. Más de cuarenta grados.

Ya no me obligaban a echar la siesta. Diez años, no jodas.

Pero mis abuelos (como todos los viejos) sabían mucho. 

Me mandaban al Seminario de los Hermanos Salesianos. Aquellos curas hacían actividades para niños. De tres a seis. 

Bien para los abuelos. Telenovela sin nietos tocapelotas.

Bien para los curas. Momento de reclutamiento de monaguillos.

Ese agosto, Don Alberto, el cura encargado de las actividades, organizó un concurso de relatos infantiles.

Recuerdo que escribí algo sobre mi abuelo. 

De cómo muchas tardes se sentaba conmigo en la acera, fuera de la casa, y me contaba alguna historia mientras partíamos cáscaras de almendras con cantos redondos que cogíamos del río.

Aún recuerdo su voz ronca y el sabor de aquellos almendrucos.

Gané aquel concurso.

El premio al ganador: un libro, a elegir, de la biblioteca de los curas.

Don Alberto me puso delante de una mesa. Habría unos veinte libros.

Estaba claro que aquello no era toda la biblioteca de los curas.

Un primer vistazo rápido me produjo cierta decepción.

Portadas demasiado infantiles. Cuentos para niños. 

Pero vi una que me llamó la atención.

Aquella portada me gritaba, quería irse conmigo y, como yo,  

escapar de los curas.

 «Chacal», de Frederick Forsyth. 

Don Alberto no me dejó. Según él, era para mayores.

Don Alberto intimidaba. Nadie contradecía a Don Alberto. Me ofreció otro libro: «Fray Perico y su borrico». 

En esa portada no había hombres misteriosos, ni chacales amenazantes.

Solo un fraile gordo y un burro. Otro rollo para niños.

Tuvo que ver la decepción en mi rostro. Tuvo que ver mi mirada.

Estoy seguro de que esa mirada, a un cura, bien vale un billete para el infierno.

Cambié el gesto, sonreí, le di las gracias y me largué de allí con el fraile y el burro. 

Años después localicé la portada de Forsyth en la biblioteca de mi pueblo.

El rostro de Charles De Gaulle, entrado en años, sobre la bandera gala. Con el chacal a su lado. Han sido décadas de muchas lecturas de thriller, misterio, novela negra, policiaca.

Raymond Chandler, Conan Doyle, Agatha Christie, Henning Mankell, Lee Child… y muchos más.

He escrito durante años. 

Artículos profesionales para revistas y webs de Medicina. 

Y también relatos. Nada constante, de forma intermitente.

A solas, en la intimidad. 

Sin jueces escrutadores. Sin concursos. Sin la mirada de Don Alberto.

Lo de escribir novelas es más reciente. 

Pero está siendo una experiencia muy potente.

Te cuento.

Una noche, ya de madrugada, hace varios años, tuve la sensación que algo caminaba por la colcha de mi cama, tocándome las piernas.

Se me erizó el vello de la nuca.

Era un gato. Con esa mirada felina, misteriosa e intimidante, tan propia de los gatos.

¿Cómo había entrado en mi casa? ¿Por dónde? ¿Qué hacía en mi cama?

 Pero en la habitación había alguien más. Una sombra, a mi derecha.

Un hombre. ¡Un intruso en mi casa!

El grito que quise soltar se quedó enganchado en mi garganta. 

Me pareció verle sonreír. 

Tenía unos ojos serenos y atractivos. Enigmáticos. De un color verde y miel.

Y se inclinó hacia mí. 

El corazón galopaba en mi pecho, desbocado, y su voz, seca y fría, todavía resuena en cada rincón de mi cerebro: «A ver si por fin escribes algo bueno. Pero muéstralo. No lo escondas».

El gato me miró, maulló y esta vez desperté de verdad. Empapado en sudor.

Sabía lo que tenía que hacer.

Salí de la habitación, disparado hacia mi despacho.

Una hoja en blanco y un lápiz. 

No quería perder tiempo encendiendo el ordenador.

Mis dedos comenzaron a garabatear líneas. 

Ideas atropelladas que ya habría tiempo de ordenar.

Mi personaje había hablado.

Así nació Ariel Shemesh.

Y su gata, Santa.

Eso es lo que te ofrezco.

A Ariel Shemesh. Y a su gata.

Recorriendo España, en su furgoneta.

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