Pensaron que no había fisuras en su plan,
que lo volverían a hacer, como tantas otras veces.
Se equivocaron.
que lo volverían a hacer, como tantas otras veces.
Se equivocaron.
Su error fue mi gata
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«Su error fue mi gata»
– Capítulo 1 –
(El Maíllo, Salamanca.)
La bombilla parpadeaba, colgando de un cable que parecía a punto de ceder, proyectando una luz mortecina sobre el sótano. El aire pesaba, saturado de humedad. En el ambiente casi se podía palpar el olor a óxido y piedra vieja. Ella yacía encogida en su jaula, los grilletes apretando sus tobillos, el metal hundiéndose en la carne hasta volverse parte de sí misma. A su lado, en la jaula contigua, su novio respiraba con dificultad; los dieciséis días de encierro habían consumido toda su rabia. Ya solo quedaba el miedo sobrevolando la estancia.
Y la desesperación.
La ausencia de ventanas y la confusión mental después de tanto encierro dificultaban distinguir el día de la noche. La esperanza de que alguien pudiera sacarlos de allí se había ido erosionando poco a poco. Las piedras húmedas del muro rezumaban un eco apagado de otros gritos, de otras luchas ya desvanecidas. Allí, nada era casual: ni la luz, ni el frío, ni la suciedad que se acumulaba en los rincones de las jaulas como si quisiera devorar lo poco que quedaba de humanidad.
Contaba los segundos entre cada gota que caía del desagüe oxidado de la esquina, como un reloj deformado, uno que solo marcaba la cuenta atrás hacia el final. Había aprendido a temer no solo las noches, sino el silencio; y, sobre todo, los pasos. Ahí estaban otra vez. El sonido de los zapatos de cuero sobre la escalera de piedra, como la certeza de la muerte caminando despacio hacia ellos.
Apareció en la penumbra. Llevaba el mismo traje negro, la misma camisa blanca reluciente, en un ritual tan monótono como perverso. Se detuvo frente a su jaula y la observó en silencio durante unos instantes. Como cada noche.
—¿Cómo te encuentras hoy? —preguntó con voz suave y cordial.
Cada palabra suya era un bisturí afilado. La calma, el tono educado, solo aumentaban la angustia, como si el horror no mereciera gestos bruscos o malos modales.
Ella se obligó a levantar la vista. Sus labios temblaron antes de abrirse.
—Por favor… —alcanzó a suplicar.
El hombre negó levemente. Un chasquido de la lengua, apenas audible.
—Vamos, no supliques. Me gusta pensar que eres fuerte. Has aguantado mucho, ¿verdad? Dieciséis días. Es… admirable.
Unas cadenas repicaron en la jaula contigua cuando su novio enderezó la espalda. Ella observó su rostro, manchado de lágrimas resecas y mugre. Era todo odio y desesperación.
—¡Déjala en paz! ¡Maldito loco! —gritó, su voz desgarrada rebotando en las paredes de piedra.
El hombre siguió contemplándola, sin inmutarse. Ni un solo músculo traicionó su atención. Sonrió, un gesto formal y breve que era más amenaza que cordialidad.
—He venido a hablar contigo, Susana, no con él —dijo sin apartar la vista de ella.
Su novio aporreó los barrotes, aulló insultos y promesas de venganza, pero él ni siquiera pestañeó. Para él, Ernesto era solo ruido de fondo, como el aburrido y monótono goteo en la esquina.
En el sótano, el eco de los gritos y las cadenas se mezcló con el zumbido de la bombilla, que parecía a punto de apagarse. Ella luchó por no hundirse del todo en el miedo, pero era como respirar bajo el agua. El pánico, cada vez más denso, asfixiaba.
—Muy pronto, querida —murmuró el hombre—. Muy pronto todo esto acabará. Quizás esta misma noche.
Susana sintió un temblor involuntario que nacía en su vientre y ascendía hasta la mandíbula. Algo en su voz le revelaba que aquel día sería distinto; lo había visto en pequeños gestos, en la forma en que el hombre se inclinaba hacia ella, en el brillo de su mirada. Esta vez era real. Esta vez sí.
Ernesto se lanzó de nuevo contra los barrotes, el rostro desencajado por la impotencia.
—¡Nos vas a matar, hijo de puta! —escupió, golpeando con los hombros la jaula hasta hacerse daño—. ¡No tienes derecho!
Él no respondió. No desvió su atención de Susana. Apenas se inclinó, acercando el rostro a los barrotes. Su tono era íntimo, como el de un abuelo relatando una fábula.
—Todo llega a su fin. Pero esta vez, el final dará paso a un renacer. Y ella estará entre nosotros. En parte, gracias a ti, Susana. —Hizo una pausa. Giró su cabeza hacia otra jaula, una de las dos que estaban vacías—. Y, especialmente, gracias a nuestra próxima invitada. La número trece.
Ella luchó por mantener el tipo. El sótano se llenó de un frío más denso cuando él se alejó de la jaula y subió los peldaños. Cada paso, cada firme pisada sobre la escalera de piedra, marcaba el ritmo de un ritual agónico. Finalmente, la puerta de arriba se cerró y todo volvió a quedar en silencio. Solo el jadeo entrecortado de Ernesto y sus sollozos contenidos flotaban bajo la bombilla temblorosa. En ese agujero, la angustia se mezclaba con la resignación. Bajo ese único punto de luz, rodeados de pestilencia y cadenas, Susana comprendió que el tiempo ya no importaba.
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